“Se necesitan voluntarios para un estudio psicológico”
Tuesday, August 30th, 2011Se necesitan estudiantes varones para un estudio psicológico de la vida en prisión. 15 dólares al dÃa durante 1-2 semanas…”. Con ese anuncio en la prensa local comenzó, hace justo hoy 40 años, uno de los experimentos que más impacto ha tenido en la psicologÃa social. Se presentaron 70 voluntarios de los que seleccionaron a los 24 más estables, emocional y psÃquicamente. A la mitad les tocó ser prisioneros y a los otros doce carceleros. El ensayo apenas duró seis dÃas: los primeros habÃan caÃdo en la desesperación mientras que los segundos se habÃan convertido en sádicos. La investigación sentó las bases para que buena parte de los cientÃficos sociales nieguen que haya malas y buenas personas, en todas anida un mal que aparece según las circunstancias.
El 17 de agosto de 1971, policÃas de Palo Alto (California) detuvieron a los 12 voluntarios que se habÃan prestado a ser los prisioneros acusados de robo a mano armada. Les leyeron sus derechos y tomaron sus huellas dactilares y, vendados, los llevaron al edificio de PsicologÃa de la Universidad de Stanford. Se pretendÃa dar la mayor veracidad a la experiencia, por lo que se recreó una cárcel en su sótano. A los 12 guardianes se les instruyó para que se metieran en su papel. No podÃan hacer daño a los internos, pero debÃan conseguir que sintieran que eran ellos los que controlaban la situación.
El superintendente de esta prisión de ficción era el profesor de PsicologÃa de esa universidad Philip Zimbardo, el que ideó el ensayo. El primer dÃa no pasó nada, habÃa demasiada camaraderÃa entre reclusos y guardias. El segundo, los internos ya se burlaban de sus carceleros, jugando a rebelarse. Zimbardo, en realidad, habÃa montado el experimento para estudiar cambios en la conducta en los presos, no en los guardias.
“Los que les tocó ser carceleros no querÃan serlo; era 1971, eran unos hippies, activistas de los derechos civiles”, recuerda Zimbardo en el documental que él mismo escribió Quiet Rage: The Stanford Prison Experiment. Pero todo cambió la noche del segundo dÃa. Los guardianes, decididos a recuperar el control, comenzaron a abusar de los prisioneros, primero con insultos, después con vejaciones y, al final, con castigos fÃsicos. “Lo peor sucedÃa de noche”, recuerda Zimbardo. Los carceleros sabÃan que era cuando él se habÃa ido a dormir. CreÃan que las cámaras no grababan y empezó entonces una espiral cada vez más siniestra de humillaciones y abusos.
Sin embargo, Zimbardo y su equipo decidieron seguir con el experimento. Incluso él se vio atrapado. Al tercer dÃa, “yo caminaba con las manos a la espalda, algo que nunca hice en mi vida, a la manera en que los generales caminan cuando pasan revista a sus tropas”, cuenta Zimbardo a Stanford Magazine , la revista de la asociación de alumnos de la universidad estadounidense que, en el cuarenta aniversario del experimento ha recogido los testimonios de estudiantes y psicólogos que estuvieron en los sótanos de aquel edificio.
“Lo primero que realmente me confundió fue la privación del sueño. Cuando nos despertaron por primera vez, no tenÃa ni idea de que sólo habÃa pasado cuatro horas durmiendo. Fue sólo después de que nos levantaran y obligaran a hacer unos ejercicios para luego dejarnos ir a la cama cuando me di cuenta de que estaban jugando con nuestros ciclos de sueño”, recuerda Richard Yacco, entonces un estudiante universitario y ahora profesor.
La mayorÃa de los prisioneros sufrieron intensas crisis emocionales y dos tuvieron que ser retirados del experimento. Para acentuar el proceso de deshumanización, los internos eran identificados por un número, no por su nombre. El número 8612 era Doug Korpi. “Todo el mundo puede ser carcelero, pero resulta más difÃcil mantenerse en guardia contra el impulso de ser sádico”, reflexiona un Korpi que ahora es psicólogo en una prisión de EEUU.
